Mis cabreos con Lisboa

No tengo hijos, pero a Lisboa muchas veces me gustaría regañarla como lo haría su padre. Sabiendo que es inútil y contraproducente. Pero queriendo a la hija (Lisboa es una ciudad femenina) tal y como es. 

Es imposible no apreciar Lisboa como lo es no querer a una hija. Con la hija, no hay nada que explicar. Con Lisboa todo empieza por su aspecto: es muy bonita. Pero lo es de manera diferente a como lo son Praga, Barcelona, Verona o tantas otras ciudades con las que rara vez te cabreas. Estos tres lugares podrían ser a las ciudades lo que las chicas de la portada de cualquier revista de moda a la belleza femenina. Son guapas, lo saben y lo explotan. La diferencia es que si a Lisboa le pidieran que saliera en portada, estaría despeinada y no sonreiría. Bonita, como no, pero uno no podría evitar eso que nos entra a todos de querer mejorar lo que ya nos gusta como es. Y le pediría que se dejara crecer el pelo y sonriera. Sólo eso. “Así estarías mejor”, diría. Y ella, si le diera por verbalizar y no simplemente meterse en su cuarto, te diría: “No me da la gana, soy así”. Pues así es Lisboa.

Lisboa podría ser más bonita, en un sentido más de postal. Podría peatonalizar más calles o adecentar sus aceras. Podría pintar sus fachadas. Podría gastar cortinas, instalar ascensores, mejorar su transporte público. Pero no lo hace. Porque todas esas cosas ya las hacen otras ciudades más necesitadas de belleza homogénea. Y porque supone un esfuerzo que no está dispuesta a hacer. Es guapa de verdad pero no se diluye entre esa otra masa de ciudades igualmente bellas que sí que se visten de manera favorecedora, y que parpadean dos veces cuando quieren que sepas que les interesa lo que les cuentas. Lisboa nunca lo haría. No está en su naturaleza. Ella simplemente te enseña sus cuestas y te promete un mirador al final de ellas. 
Y a veces, no cumple la promesa.

7 comentarios:

  1. Yo recuerdo Lisboa de un verano que fui a un festival de música. Recuerdo sus cuestas y sus fachadas con azulejos como si de un cuarto de baño se tratase, y esperaba encontrar al lado de alguna un pequeño aseo o un lavabo y un espejo. Pero lo que más recuerdo es meterme con la furgoneta en una calle por donde se suponía que pasaba el tranvía, y pasarme ese pequeño trayecto con los testículos a modo de corbatín hasta que cogí un callejoncito afluente y dejé de ver los raíles del paleotren urbano.

    Y a mí que me gustan las chicas que huyen del artificio y son guapas a cara lavada. Debajo del maquillaje hay mucho orco. Y debajo de la ropa favorecedora hay mucho relleno de wonderbra y carne fláccida que se desparrama en cuanto sueltas un botón.

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  2. Yo no tengo recuerdo de Lisboa, pero sí ganas de ver la cara lavaba de la niña.



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  3. HM, lamento que te den miedo los tranvías. A mí me flipan. Incluso más cuando los llaman paleotren urbano. Aquí están cambiando algunos viejos por modelos nuevos. Es como cambiar un 2 caballos por un 306. Los modernos no son bonitos. Parecen maquinas de afeitar gigantes.

    Gabi, ya tendrás recuerdo cuando vengas. O antes. Que los hay nostálgicos de una Ciudad de la que nunca han salido. A algunos de estos los llaman culipardos.

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  4. No es que el tranvía en sí me diera miedo, como quien le tiene miedo a los payasos o a los botones de las camisas, el temor era que en caso de aparecer uno por aquel estrecho callejón mi vieja furgoneta y yo llevábamos las de perder. Conozco los tranvías modernos, los he visto en Valencia y en Amsterdam. No molan nada. Por cierto, se conoce que hay una línea de tranvía en Lisboa en la que durante el viaje te acompaña una cantante de fados (cantando, no es que se quede sentada mirándote). Y no es un chiste de tópicos lisboetas, lo ví en un documental de viajes.

    Como culipardo declaro no recordar haber tenido nunca nostalgia de esta ciudad hostil y gris.

    Cada vez que me llamas HM me siento un poco una franquicia de ropa.

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  5. Luis, que bien de que esta vez me hayas avisado desde el inicio sobre el blog.

    Me gusta tu Lisboa despeinada y que sonríe solo si tiene ganas de hacerlo.

    A ver si un día le dedicas un par de frases a los pastelitos de Belén, los verdaderos, los de los Jerónimos.

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  6. Me recuerdo recordando Lisboa. Me gustó mucho. En especial la búsqueda de unos cuadernillos azules que por lo visto eran más famosos que lo que los propios dueños de la tienda sabían. De los tranvías recuerdo que el que hacía la guia turística costaba 30 truenos y luego estaba el que hacía la misma ruta por 2. También recuerdo la cantidad de porros que te ofrecen algunos desde 10 metros de distancia y otros dandote sustos susurrándotelo al oído.

    Mejor ser una franquicia de ropa que una hez fecal

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  7. Un honor que escribas por aquí Mikisong. En vez de italiana pareces coreana detrás de este nombre. Los pasteles de Belem algún día saldrán. Aunque solo sea porque los tengo al lado de casa y por tu pasión por ellos.

    Hombre Malo, no te llamaré HM nunca más. A un amigo le llamo AR (que son las iniciales de su compuesto nombre) simplemente porque son las mismas que las de la inefable Ana Rosa Quintana y su revista monoportada: Ella misma. Siempre. Pero no había caído en HM; Es más H&M, en mi cabeza.

    Kriskros, entre que te recuerdas recordando y lo de la hez fecal, debe ser que tienes un día redundante. A lo Bill Murray.
    El cuaderno azul lisboeta es de los regalos más elegantes que me han hecho.

    El tranvía urbano que hace la misma ruta es el 28. Los mismos euros que te ahorras si lo pillas.

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